27/10/2025
✍No estoy muy seguro de que los cubanos hayan decidido que la dictadura se caiga sola pero cuando se viaja a otras provincias más allá de La Habana, esa impresión es mucho más fuerte. A pesar de que la situación es peor que en la capital, que por ahora no vive esos apagones de más de 20 horas que son el día a día y no eventualidad.
La cuestión es si, llegado el momento, los habaneros continuarán aguantando así como ahora, o si decidirán levantarse de las aceras y acelerar esa caída. Una caída que no sucederá tan por sí sola, puesto que mientras más se extienda el caos actual —porque sin dudas estamos en él— más nos adaptaremos a sobrevivir en perpetua caída, y por la burla que encierra la idea macabra de la “resistencia creativa”, al régimen esa opción le parece mejor que rendirse porque no tendría necesidad de hacerlo.
Recientemente logré visitar zonas rurales de Holguín donde los pobladores han adaptado sus vidas a la ausencia total de electricidad.
Algunos hasta han decidido deshacerse de televisores y otros electrodomésticos que han considerado inútiles y a los que, al menos, le han podido sacar algo de dinero para entonces comprar aquellas cosas esenciales para sobrevivir entre la oscuridad y el hambre: sacos de carbón, sal para conservar las carnes, mosquiteros, linternas, latas de alimentos en conserva, en fin, como si se hubiesen resignado a que sus días son eso que aún llaman “vida” pero que de ningún modo lo es.
Lugares intrincados, sí, pero donde, a pesar de la relativa cercanía a unidades militares estupendamente iluminadas con equipos electrógenos, pueden pasar más de tres días y hasta una semana en apagón total, sin los “respiros” esos de aquellos sitios donde han denunciado 30 y 40 horas sin electricidad.
En esos lugares a oscuras, y que no son excepción en los campos y montes cubanos, ya reina el caos total, aunque disfrazado de eso que mejor le queda, la quietud.
Si una cosa nos llamó la atención en esas aldeas es que con la ausencia casi total de electricidad se ha instalado al mismo tiempo algo peor que la desinformación: la renuncia a informarse.
Los teléfonos móviles no funcionan (muchos ni se enteraron del “tarifazo” de ETECSA), así que las pocas noticias que les llegan son las que, de vez en cuando, reciben por la radio (quienes lo encienden como otra de sus viejas costumbres) o la que les trasmite cualquiera que pase por allí, pero aún así eso ni les importa. Se han adaptado a la desesperanza, a que “noticia buena” es igual a “noticia mala” en tanto ninguna se traduce en algo que pueda darles de comer por el día o iluminarlos por las noches.
De cierto modo, lo que ya sucede en esas “zonas cero” de Cuba, esa “adaptación al caos” como expresión suprema de la resignación que nos afecta desde hace décadas, es lo que se irá extendiendo por la Isla una vez que cometamos el error de dejar que la dictadura caiga por sí sola.
Porque de cierto modo ese es su único “plan de salvación” cuando se le agoten los demás de “resistencia”, y ese agotamiento definitivo pudiera suceder en cualquier momento, a pesar de Rusia, de China, que solo cargarán con el hijo bobo del Caribe mientras le sea de alguna utilidad.
Pero ningún país que se adentre demasiado en el caos puede ser útil ni siquiera para quienes lo viven, pero sí para quienes lo “gobiernan”, más cuando ese “caos” es muy “facturable” en asuntos de ayudas externas.
Un país en caos es un país apestado al que nadie desea acercarse, pero eso es algo que un régimen, más criminal que desesperado, usará a su favor.