16/06/2026
El nuevo tratado con Europa, ¿una decepción para el sector automotor?
La modernización del acuerdo comercial entre México y la Unión Europea ha generado un entusiasmo matizado dentro de la industria automotriz nacional. Algunas fuentes señalan que, aunque el pacto elimina aranceles para el 86% de los productos agropecuarios y otorga acceso preferencial a un mercado de 450 millones de consumidores, su impacto en el sector automotor podría ser limitado. Expertos del sector advierten que las estrictas regulaciones europeas en materia de emisiones, seguridad y origen de componentes, junto con los elevados costos logísticos transatlánticos, reducen significativamente la ventaja competitiva de los vehículos ensamblados en México. A esto se suma la incertidumbre generada por los procesos de ratificación, que requieren la aprobación del Parlamento Europeo, los congresos de los 27 estados miembros y el Senado mexicano, un trámite que podría prolongarse por meses o incluso años.
Los directivos de las principales armadoras y autopartistas han expresado su preocupación por la falta de certidumbre regulatoria y el acceso a recursos estratégicos. Francisco González, presidente de la Industria Nacional de Autopartes (INA), destacó que, si bien la homologación de normas de seguridad con Europa facilitará el comercio, la industria requiere condiciones internas estables para materializar las inversiones. Joaquín Álava Quintanilla, director de Asuntos Públicos de Stellantis México, subrayó la necesidad de predictibilidad en un entorno de transición tecnológica y ajustes en las cadenas de valor. Klaus von Moltke, presidente y CEO de BMW en San Luis Potosí, advirtió que la transformación hacia una movilidad más sostenible exige entornos competitivos en energía, agua y talento, aspectos donde México enfrenta rezagos importantes. La industria coincide en que, sin una estrategia complementaria, el acuerdo europeo por sí solo no resolverá los desafíos estructurales del sector.
La perspectiva de la industria automotriz mexicana ante el tratado con Europa refleja un síndrome recurrente: la celebración de acuerdos comerciales como un fin en sí mismos, desvinculados de las condiciones domésticas para aprovecharlos. Un tratado no sustituye a la inversión en infraestructura logística, ni resuelve la escasez de energía limpia o la formación de capital humano especializado. Una alternativa más equilibrada sería condicionar la entrada en vigor de estos acuerdos a la implementación de agendas sectoriales paralelas, que garanticen la competitividad real de las cadenas productivas nacionales. La experiencia reciente demuestra que las preferencias arancelarias, por sí mismas, resultan insuficientes frente a barreras no arancelarias y costos estructurales.
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