30/06/2026
Venezuela 2026:
Dos tragedias (3 ene-24 jun) con epidemia moral (ORVI)
Ramón Rosales Linares
junio 2026
A Gonzalo Barrios (1902-1993), fundador de Acción Democrática en los años setenta del siglo pasado, acuñó una frase que ha quedado en la memoria pública como una síntesis mordaz de la degradación institucional del país: “En Venezuela, los funcionarios públicos roban porque no tienen motivos para no robar”. Con el tiempo, aquella sentencia dejó de ser solo una provocación satírica para convertirse en un emblema de la crisis moral de una época. Hoy, al evocarla desde la Venezuela de 2026, marcada por dos tragedias sucesivas en un lapso brevísimo, la frase adquiere una resonancia distinta: parece sugerir que no solo abundan los motivos para la corrupción, sino también para el odio, el resentimiento, la venganza y la insensibilidad entre compatriotas, que he dado en denominar el virus ORVI.
En un clima de desgaste colectivo, el dolor ya no se limita a la pérdida material o institucional, sino que se extiende a la textura misma de la convivencia, alterando el modo en que los venezolanos se miran, se juzgan y se hieren entre sí.
El dolor colectivo no es nuevo en la experiencia venezolana, pero sí lo es su acumulación prolongada y su capacidad de deformar la convivencia. La crisis no debe entenderse solo en términos económicos o políticos, sino también como una erosión moral y humana. El país no ha sufrido únicamente la pérdida de bienes, estabilidad o servicios; ha sufrido, además, la pérdida de certezas, de horizontes compartidos y de una confianza básica en la posibilidad de recomenzar.
En contextos de crisis prolongada, el dolor puede transformarse en resentimiento, la frustración en hostilidad y la memoria del daño en deseo de venganza. Así se instala una especie de epidemia moral, una difusión de actitudes destructivas que debilitan la empatía y tornan más difícil cualquier esfuerzo de reconstrucción. Cuando el otro deja de ser parte de una comunidad de destino y pasa a ser solo adversario, amenaza o enemigo, la sociedad se empobrece por dentro. La tragedia entonces no consiste únicamente en lo que se pierde, sino también en lo que se va descomponiendo en la sensibilidad colectiva.
Frente a sí misma, Venezuela está llamada a una mirada severa, pero no desesperada. Se trata de reconocer la profundidad de la herida sin convertirla en destino, de aceptar la gravedad del presente sin clausurar el porvenir. El dolor debe ser asumido como punto de partida de una reflexión más alta: la de entender que no hay reconstrucción posible sin verdad, sin memoria y sin responsabilidad compartida. Entre la devastación y la esperanza no hay una negación del sufrimiento, sino una tarea que comienza precisamente al nombrarlo con lucidez.