Aprendí el arte de la costura casi que por instinto, en mi casa nadie cosía, pero mi mamá cuenta que mi abuela Amanda le gustaba coser, pero igual me críe rodeada de telas y retazos, porque mis padres tenían una tienda de telas en la Isla de Margarita, Venezuela. Cuando tenía 12 años me hice, a mano, un vestido amarillo de flores para una boda, y la gente se admiraba. Estudié Comunicación Social,
pero mi padre me quería enviar a estudiar Diseño de Modas a Francia, no se si era real o no, pero me quedé con esa idea. Al tiempo solo utilicé la máquina de coser para hacer reparaciones y alguna que otra cosita para la casa, sin mucho entusiasmo. Durante la pandemia me debatí entre comer o hacer algo mientras pasaba los días en casa y ahí descubrí el arte del amigurimi y durante casi un año tejí y tejí, y llené mi casa de muchos animalitos y muñecas, así que comencé a vender y regalar. Un buen día desempolvé la máquina y cosí unos bolsos de jeans, y después compré más telas. Entré en el “mundo de la perdición” de la Calle Independencia y sus alrededores, de donde tengo más de un año sin poder salir, y sin querer salir. Así llegó , que es Carolina Guidon Guerrero, una marca que quiero que sea conocida por sus diseños y por la creatividad de cada uno de ellos. Mochilas, bolsos, estuches, carteras, neceseres hay muchos en el mercado, pero solo hay uno de y es el de esa persona que le llamó la atención mi trabajo, comenzó a seguirme y finalmente adquirió algún producto. A ellas estoy súper agradecida, a través de mis fans en Instagram he podido crecer y otros me conocen. Estoy feliz, y eso me hace cada día dedicar parte de mis horas a imaginar con los productos que quiero hacer, diseñar y cortar, y a disfrutar volver al mundo de las telas como cuando era niña.