13/06/2026
Tradiciones que se pierden... o perderán. …
LA TARAMELA .- El aire de Motril aún huele a melaza cuando los días grandes se visten de olvido. Hay un eco antiguo, un latido de bronce y sudor, que despierta en la memoria de la vega cuando se pronuncia su nombre: la Taramela. No es solo una palabra; es el cántico de la última tierra, el suspiro aliviado de los hombres y mujeres que doblaron el lomo bajo el sol inclemente, midiendo la vida en nudos de caña dulce y madura.
Llega el final de la zafra, y con él, el milagro de los campos rendidos. Las últimas carretas se engalanan como novias humildes, coronadas de adelfas silvestres, flores del río y lazos de colores que bailan al compás del viento marino. Los mulos, cómplices mudos del cansancio, sacuden sus cascabeles rompiendo el silencio del Varadero y de las plazas viejas. Es el desfile de la victoria sobre la fatiga, el regreso de los monderos que traen en las manos la resina oscura de la tierra y en el alma el orgullo de haber doblegado al gigante verde.
La Taramela es el instante exacto en que el trabajo se transforma en verso, y el llanto del azadón se vuelve copla. El humo blanco de las chimeneas parece aplaudir desde el cielo, mientras el aroma del guarapo recién nacido inunda los callejones, mezclándose con el salitre del puerto. Brotan entonces el cante espontáneo, la guitarra que cura las llagas de los dedos y el trago compartido que enciende las risas en el declive de la tarde.
Es la fiesta del sutil hilo que une a los abuelos con el presente; un homenaje al patrimonio inmaterial que late en el pecho de Motril. Porque mientras una sola garganta recuerde el tintineo de las bestias regresando de la monda, la Taramela seguirá siendo el dulce testamento de un pueblo que aprendió a endulzar su propia historia.