21/07/2025
Las ciudades cambian. Siempre lo han hecho. Nuevas personas llegan, los espacios se transforman, la plusvalía sube. A simple vista, todo parece mejorar. Pero en ese “mejorar”, muchas veces alguien queda fuera.
En la Ciudad de México, barrios como Roma o Juárez se volvieron símbolos de esta transformación. Calles renovadas, cafés, turistas, arquitectura rescatada… y también vecinos que tuvieron que irse porque ya no podían pagar su vida en el lugar donde crecieron.
En Mérida, esa historia empieza a sonar familiar. Zonas como el Centro Histórico, Santa Ana o Itzimná han despertado el interés de inversionistas y visitantes. La ciudad se embellece, sí, pero también se encarece. Lo que antes era comunidad, hoy es oportunidad de negocio. Lo que era barrio, ahora es destino.
No se trata de estar a favor o en contra del cambio. El cambio es natural. Pero hay formas de hacerlo más justo, más equilibrado, más consciente de quién estaba aquí antes de que todo se volviera atractivo para otros.
Como arquitectos, urbanistas o ciudadanos, tenemos la posibilidad de pensar el espacio no solo como una inversión, sino como un reflejo de lo que valoramos. Y a veces, eso significa recordar que una casa no es solo una propiedad: es también una historia.
Mérida puede crecer sin olvidar.