22/03/2026
La zonificación sísmica de la Ciudad de México indica algo muy importante para el diseño estructural: cómo interactúan el suelo y las edificaciones según su periodo fundamental de vibración.
Cada estructura tiene un “ritmo” propio o varios (periodo fundamental). Durante un sismo, si ese periodo coincide con el del suelo, se produce un fenómeno de resonancia que puede amplificar significativamente los daños, incluso si la carga sísmica no es extrema.
En zonas de suelo firme (Zona I), como las lomas, el terreno transmite movimientos rápidos y de corta duración. Esto afecta principalmente a estructuras bajas y rígidas, como viviendas de pocos niveles o edificaciones con alta rigidez lateral. Aunque en estas zonas la amplificación es menor, las aceleraciones pueden ser altas, lo que exige un buen detallado estructural, especialmente en elementos no estructurales.
En la zona de transición (Zona II), el comportamiento es más complejo. Aquí el suelo no es completamente rígido ni completamente blando, lo que genera respuestas mixtas. Los edificios de altura media (entre 4 y 10 niveles) suelen ser los más sensibles, sobre todo si presentan irregularidades en planta o elevación. Es común que en esta zona los diseños convencionales fallen si no se considera adecuadamente la interacción suelo–estructura.
Por otro lado, en la zona de lago (Zona III) se presentan los efectos más críticos. Los suelos blandos amplifican el movimiento sísmico y prolongan su duración, generando periodos largos. Esto hace que edificios medianos y altos —especialmente aquellos entre 6 y 20 niveles— entren fácilmente en resonancia. Las estructuras con poca rigidez lateral o con configuraciones deficientes son particularmente vulnerables en estas condiciones.
Desde un punto de vista práctico, esto significa que no basta con diseñar “estructuras resistentes”, sino que es indispensable diseñar estructuras compatibles con el suelo donde se desplanten. Dos edificios idénticos pueden tener desempeños completamente distintos dependiendo de la zona sísmica en la que se encuentren.
La clave está en controlar el periodo estructural mediante la rigidez y la distribución de masas, evitar configuraciones que favorezcan la resonancia y, cuando sea necesario, incorporar sistemas de disipación de energía.